BIENVENID@S

Este blog se ha creado para facilitar el aprendizaje de los alumnos de 3ºESO, ya que podeís visualizar, descargar, repasar, revisar la información de cada tema cuantas veces os sea necesario. Además hay enlaces, vídeos, artículos, resúmenes, esquemas...que os pueden ayudar y motivar en vuestro propio aprendizaje. Y, por último, es una herramienta interactiva que va cambiando y creciendo con vuestras aportaciones y sugerencias.
Espero os sea de utilidad y un elemento más de motivación para conseguir que esta asignatura sea muy, pero que muy interesante.


lunes, 15 de noviembre de 2010

Festividad de San Andrés


BIOGRAFÍA DE DON ANDRÉS MANJÓN                  Páginas de una vida , por Don Ricardo Villa-Real

SARGENTES   

El treinta de noviembre de 1846 nacía Andrés Manjón en el pueblecito burgalés de Sargentes de Lora, situado en el norte de la provincia colindante con la de Santander.
                Los padres de Andrés fueron don Lino Manjón y Manjón, y doña Sebastiana Manjón Puente. Fue el mayor de cinco hermanos, llamados, Marta, María, Justa y Julián. Familia de modestos labradores que vivían de la tierra, pobreza más o menos simulada, pero al fin, pobreza, llevada con decoro y dignidad. “Nací pobre, viví entre pobres, careciendo de escuela formal y por esta causa pasé angustias y trastornos” nos confiesa el propio Andrés, que nunca ocultará sus raíces labriegas. Pues sabía, y es más, lo vivía, que la nobleza de los humildes y de los pobres, se fundamenta en no avergonzarse de su origen.

           La figura del padre surge borrosa y apagada, y ape­nas se insinúa, al menos en sus escritos. De todos los her­manos, por quien más cariño sentía era por Justa (única que le sobrevivió) y que había profesado como monja clarisa en un convento de Burgos. Ella fue la confidente íntima en épocas de crisis. Conmovedoras son las cartas que Andrés le dirigió, sobre todo con ocasión de la orde­nación sacerdotal.

LA DULCE SOMBRA DE LA MADRE

          Pero de todos estos seres, vinculados a él por la carne y por la sangre, fue decisiva en su vida la presencia, cor­poral y espiritual, de la madre, siempre viva y presente, en toda edad y en toda circunstancia. Andrés no se reca­ta en exaltar, para sí y para los demás, las prendas natu­rales de doña Sebastiana. Era analfabeta. “Diecisiete años cumplía el hijo mayor cuando ella quedó viuda, pero le tenía estudiando y empuñé con decisión la reja­da para que su hijo no dejara los libros: “ya que sé arar y no leer, que aprenda él a leer y estudiar”, dice conmovi­do Andrés. En ella brillaban esas virtudes caseras y mo­destas que configuran una exquisita femineidad: la aus­teridad y el espíritu de sacrificio, la piedad robusta y asentada sobre fuertes pilares, el trabajo y la caridad, la indomable energía. Templada en las adversidades, en ellas forjaría su carácter. Cuando don Lino muere, pues siempre anduvo con salud harto quebradiza, la viuda, nos cuenta su hijo, “montando en un rocín, salió de Sargentes de noche, sola, recién enterrado su marido, en invierno, y cruzando diez leguas de mal camino, para decir en persona al hijo estudiante: “Tu padre ha muer­to; encomiéndale a Dios y tú sigue estudiando, para que cuando seas sacerdote, le tengas presente todos los días en la Santa Misa, y a mí con él; ahora mira al cielo, que desde allí te ve tu padre; sé tan bueno y honrado como él” - Y llorando un rato con su hijo, pero sin abrazarle, volvió a su casa a cuidar de la demás familia, faltando poco para que muriera, envuelta por la tormenta de nieve y de ventisca que se levantó en aquellos desiertos y elevados páramos”.
                La madre y su dulce sombra proyectada. La primera y gran educadora. Con tierno y contenido gracejo, habitual en Manjón, él la llamaba “la primera cocinera del Ave María” Modelo, elemental y macizo modelo de educadora. Así lo comprenderá don Andrés.

UNA AMARGA EXPERIENCIA ESCOLAR.

Cinco años anduvo, libre y desembarazado, el niño Andrés. Vida selvática, de aire y de sol, de correrlas por el monte y por el río, por el valle y las huertas, y por las callejas aldeanas. Ayudaba a sus padres en las faenas agrícolas, cogía nidos, cazaba pajarillos, coleccionaba bichos y triscaba como los corderos...
Pero aquella vida de libertad y de juegos terminó bruscamente. La madre de Andrés, doña Sebastiana, y su tío Domingo que era el párroco del lugarejo, se fija­ron, ilusionados, en el niño..., decidieron en­caminarle para el sacerdocio.
En 1851, el pequeño Andrés Manjón es alumno de la escuela de Sargentes. Fue la suya una experiencia amar­ga. ...una serie negativa de vivencias, que se­rán, por contraste, trascendentales para empresas pos­teriores. Ellas decidirán su existencia y la trastornarán y la enriquecerán. Porque, ¿cómo no ver (caprichos y pa­radojas del humano destino) que de aquí brotará su obra magna? Él mismo nos lo confiesa: “De la escuela salí yo pobre e inculto, a sufrir muchos bochornos y tra­bajos en el mundo, por falta de una buena instrucción primera, y desde que conocí lo que ésta valía, prometí, si Dios me daba medios, dedicarlos a fundar y dotar una buena escuela”.
En “Cosas de antaño...” o “Memorias de un estudiante de aldea”, nos cuenta:

             “Tenía Sargentes una modesta casita para escuela de niños y niñas, que ocupaba el piso ba­jo, dejando el principal para el señor maestro y su familia. Esta escuela estaba dotada con fincas del pueblo, cuya renta, destinada para el maestro, ascendía a 18 fanegas de pan mediao, y cuyas tierras, vendidas por el Estado desamor­tizador, valieron 9.000 pesetas. Esas tierras eran legados de almas piadosas, con encargo de que el maestro y los niños rezaran por ellas. La ha­bitación destinada a casa estaba en bajo y tenía por suelo la tierra, que por ser polvorienta, cu­brieron con lanchas los vecinos; por techo, unas vigas y ripias de duela, sin afinaciones de garlo­pa ni ajustes de cielos rasos; las paredes estaban enjalbegadas con tierra blanca; las mesas eran tres, obra prima del maestro, quien era carpin­tero de afición, y la capacidad calcúlela el que sepa, pues tenía de ancha cuatro varas, de larga siete y de alta tres y media, sin otro respiradero que una ventana de una vara que daba al me­diodía, por donde entraba la oscura luz a aque­lla mísera y lóbrega estancia. Gracias que para evacuar y por las entradas y salidas del maestro y de los que con él iban a conversar, se renova­ba algo el aire, que al poco tiempo de entrar los niños se mascaba y olía, y no  a ámbar. Los peritos en higiene decían que así convenía para que no hubiera frío en invierno.

          El maestro de aquella lóbrega y angustiosa escuela era por aquellos tiempos, un vecino de Rocamundo, casado y con tres hijos, sin título alguno, de unos cuarenta años, alto, nervioso y escueto, muy enérgico, de cara tiesa, voz de au­toridad, con tono de mal humor y asomos de ri­ña, quien sabía hacer letras, pero sin ortografía; leer, pero sin gusto, y calcular, pero en abstracto, y sólo con números enteros, hasta dividir por más de una cifra. Para que los niños aprendieran a leer, había unos carteles ahuma­dos, y después el libro que cada uno se propor­cionaba, siendo frecuente que los chicos lleva­ran las Bulas de la Cruzada y Difuntos, y de manuscritos, las escrituras, testamentos, etc. antiguos que les proporcionaban sus padres y abuelos. También se estudiaba de memoria el catecismo del Padre Astete y el resumen de His­toria Sagrada por Fleury, pero sin que nunca se explicara ni obligara a discutir y pensar en esto ni en nada de lo que se leía o recitaba. El señor maestro se sentaba en un sillón magisterial, obra de sus manos, y allí fumaba (pues era un fumador impenitente), conversaba con cuantos venían a pasar el rato, salía a tomar el sol y aire a la calle, encargando a los muchachos que le­yeran a voces, y si acaso el guirigay cesaba, él entraba furioso en clase, empuñando las discipli­nas, y a todos zurraba hasta ponerles las orejas encarnadas, con lo cual se renovaban los gritos, el maestro desfogaba y se volvía a salir para ai­rearse, según los tiempos.

No era nuestro maestro manco ni flojo, y con frecuencia iba al monte de Sargentes, Ayoluen­go o Rocamundo, y a cuestas traía madera que labrar, para hacer bancos, sillas, vasares y otros muebles que labraba en la escuela y vendía fue­ra. Estas faenas las hacía en mangas de camisa y junto a la ventana, privando de luz a la clase. También usaba escopeta y de vez en cuando sa­lía de caza, o simultaneaba ésta con la de leña­dor, y además era pescador de cangrejos con retel y a mano, y tenía otros oficios. En estas au­sencias quedaba la señora maestra encargada de la escuela, y si había algún asomo de indisciplina, así como cuando no se repetía bien la lección de memoria, o faltaban las cebollas de algún huerto, el señor maestro usaba la pal­meta, con la cual daba en las palmas de las ma­nos y en las uñas de los niños, sin que jamás se rompiera el odiado instrumento, y eso que los buenos muchachos habían oído que cruzando las palmas con dos pelos las palmeta saltaba he­cha pedazos.
Como la dotación era escasa, el señor maes­tro reunía varios cargos y oficios con los cuales medio vivía, pues era maestro de escuela, sacristán, cantor, campanero, relojero, barbero, carpintero, cazador, pescador, secretario, amanuense y lector de familias y soldados, y el fac­tótum del pueblo, todo con letras mayúsculas y minúsculas retribuciones.
¿Cuánto ganaba, dirá alguno? De ocho a diez reales, mal contados, salvo algunos regalillos de asaduras y salchichas cuando la matanza, y de leche y requesones en tiempo de quesos y orde­ños de las ovejas...”’

“Con tal maestro y tal local, donde se mascaba el polvo y el aire, no es de extrañar que rehu­sáramos ir a la escuela, como se rehusan el veneno y la cárcel. Por lo menos, yo confieso mi culpa; aborrecía la escuela y temía al maestro, y cuando podía me libraba de los dos, escondién­dome. Había una cachapera ruinosa y mal te­jada, con dos viejos carros, bajo de cuyas cañas yo me ocultaba, saliendo a la hora de ir a casa, como si hubiera asistido a la escuela. Mis pa­dres (q.e.p.d.) se enteraron, y mediante una tunda de ellos y otra de don Francisco Campos, el enérgico maestro, opté por volver a la escuela, como quien opta entre la cárcel y la horca, por el mal menor.
Allí, en aquella estrecha, baja, oscura y pol­vorienta cárcel, titulada hoy Escuela Nacional, aprendí a mal leer, escribir, contar y la doctri­na cristiana; pero todo mal y rutinariamente, sin desarrollo de facultades ni ejercicios de composición y discurso: maquinalmente”.

 

ESTUDIANTE DE LATÍN EN POLIENTES, SEMINARISTA EN BURGOS


 Los estudios sacerdotales a los que dirigían sus miras, tanto la madre como el tío cura .......exigían una preparación en la lengua latina. Andrés anduvo... hasta venir a parar y dar con sus huesos en la Preceptoría de Polientes, que era la de más fama y campanillas de aquella comarca. Ello ocurría en octubre del año 1875... Años duros, de amargos trances, de pesadilla en ocasiones....
     Todo estudiante de preceptoría tenía necesariamente que recibir un baño de bachiller antes de ingresar en el seminario. A Burgos se dirige, ufano y henchido de pueril petulancia el sabihondo latino de Polientes, Andrés Manjón. Tiene catorce años (1860) y una ingenua vanidad, asiste, durante el curso de 1860 a 1861 al Colegio de San Carlos, donde halla buena acogida y se entrega, afanoso, al estudio. Ansía recuperar el tiempo perdido y quiere suplir a marchas forzadas y como sea aquello de que carece. Hasta entonces, y es una más de sus múltiples confesiones de juventud, “mi escuela fue defectuosa, defectuosos fueron todos mis estudios, que me costaron mucho trabajo y bastantes apuros y vergüen­zas. Por donde quiera que iba, notaba mi falta de escue­la, falta que nadie suplió y que duró casi lo que mi vi­da”.

 

 

 

LA ESCAPATORIA


 Y llegó lo inevitable: el tropiezo con los estudios. El profesor de Derecho Natural, don Domingo Peña, suspende al sargentino. Andrés se siente avergonzado, humillado, herido en su amor propio. Bruscamente adopta una decisión. Huirá del seminario. ..Y huyó. Salióse de Burgos una mañana del mes de junio, en compañía de Campos Salce, que quiso correr con él estos “novillos”
La  aventura fue breve, pues en septiembre habla concluido Anduvieron por las provincias de Burgos y de Santander vagantes de pueblo en pueblo y de aldea en aldea Conocieron “el amargo pan del trabajo”. No imploraron limosna y sudaron en las rudas faenas campesinas, actuaron de sacamuelas y titi­riteros y vendieron baratijas.
Al final de esta pintoresca excursión recalaron en Oviedo. Allí se impuso la cordura y decidieron dar fin y remate a esta salida.., regresando a Burgos, donde la madre lo encontraría
Estas cosas acontecían en el verano de 1865. Los cua­tro meses lo fueron de tribulación en Sargentes. Nada se sabía de él, ninguna noticia, ni el más mínimo rastro. En su angustia y desolación, la madre implora a la Virgen del Pilar y le ofrece ir peregrina a Zaragoza, si aparece el hijo que ha perdido. Años más tarde, éste nos dirá:

Cuando ya viuda desapareció su hijo sin saber dónde paraba, salió en su busca y no hallándole, se dirigió a la Virgen del Pilar, diciéndola: “Madre mía, tenía un hijo y lo he perdido; devuélvemelo e iremos juntos a besar tu Pilar bendito”. El hijo apareció y madre e hijo fueron a besar las plantas de la Pilarica en Zaragoza”. (Andrés se ordenaría de sacerdote años después, en 1886, fecunda y madura su vocación. Y en el año 1905 dedicaría su Se­minario de Maestros del Ave-María, la más preciada de sus empresas apostólicas, a aquella advocación. “Dedico esta casa y esta hermosa obra a la Virgen del Pilar, ya que a ella me consagró mi madre en 1884”)

Regresa Andrés al Seminario...y sus estudios se reanudan. Como si nada hubiera sucedido. Comienza los estudios de Teología, que continuará hasta el 1868.

 “Y cuando se hallaba cursando el cuarto año (de Teo­logía en San Jerónimo) estalló la revolución cuartelera y democrática dé 1868, se cerró el seminario y Perico (Andrés) se fue al Instituto y le hicieron bachiller, sin saber más que antes, esto es, unas cuantas palabras”.
Como algo había que hacer, Andrés se examina de todas las asignaturas del bachillerato, que aprueba en el instituto de Burgos. Esto ocurría en octubre de 1868. El título le fue expedido el 30 de noviembre.
El nuevo y flamante bachiller en artes decide cursar estudios superiores. Acaso mientras, piensas se aclare la tormenta y se disipen las nubes. Pero será universitario sin dejar los estudios teológicos.
Se matricula, en efecto, en la universidad de Vallado­lid, en su facultad de Derecho, al mismo tiempo que decide proseguir y ultimar la Teología en el seminario de esta ciudad (cosa que llevó a efecto entre los años 69 a 72).
La ordenación sacerdotal queda interrumpida.

CATEDRÁTICO


                El año 1872 señala una fecha importante en la vida de don Andrés. Cuenta 26 años y obtiene la licenciatura en Derecho Civil y Canónico en el mes de junio. Y sin interrupción, comienza en octubre el estudio de las cinco materias correspondientes al doctorado.
Año 1873. Doctorado. Corona y remate de sus afanes universitarios, es el doctorado que obtiene el 28 de junio.
     Trabaja como profesor en  la universidad de Valladolid y de Salamanca, en colegio San Isidoro de Madrid. A pesar de las diez horas de trabajo, prepara con intensidad las oposiciones.
Don Andrés obtiene la cátedra en Santiago de Compostela en  1879, contaba 32 años. Queda vacante la cátedra de Derecho Canónico de la universidad de Granada. Nuestro héroe, la solicita. Le es adjudicada en 1880.
     Y se encamina a Granada. Era su destino....


EN GRANADA. SACERDOTE


Llegó a esta ciudad el 30 de mayo. Y como en el caso de San Juan de Dios, Granada será su cruz y su gloria. Aquí vivirá 43 fecundos años, cuajados y plenos; y sólo saldrá de Granada en los veranos de Sargentes o por circunstancias ocasionales y esporádicas.
                Le deslumbran la luz y las colinas boscosas, y los monumentos y la naturaleza y la Sierra. Se siente fascinado...
     Busca ahora la soledad, y pasea ensimismado por barrios periféricos. Habla mucho con su confesor. Le obsesionan, entre todas las cosas, la corrupción de la familia, la miseria y podredumbre material y moral de las gentes, la grosería y zafiedad de las costumbres, el espantoso abandono de la niñez y de la juventud, la delincuencia juvenil, la atroz incultura de gentes humildes de los barrios. Y para colmo de in­fortunios en el año 1884 Granada se espanta ante los terremotos que asolaron parte de la provincia y que tam­bién causaron estragos en la capital, y la terrible epide­mia de cólera, en 1885, que diezmó la población.
     Este mismo año de 1885 es nombrado profesor de De­recho Canónico en la Abadía del Sacro Monte, donde se había creado una Facultad de Derecho.
     Su trabajo se multiplic­a, pues ha de subir a la colina. Allí, a cada visita, Andrés se recrea más y más en la soledad y silencio  de aquellas alturas, en la belleza del entorno, en la quie­tud de aquel paraíso de paz y de trabajo. Y la dulce ten­tación le escarabajea en la mente: ¿Y si se quedara allí para siempre?
Don Andrés parece vencer la crisis de sus vacilacio­nes. Sin embargo, antes de decidirse consulta y explora opiniones: la de su madre, la de su tío Domingo, la de su hermana Justa, monja clarisa, y la de sacerdotes y ami­gos. Tuvo aún un poco de dudas y al fin acepta aquella llamada, ahora fuerte e impetuosa, que golpea su vo­luntad. Será sacerdote en plena madurez de juicio. Y así, en este mismo año de 1885 recibe la “prima clerical tonsura”, las cuatro órdenes menores (ostiario, exorcista, acólito y lector) y el subdiaconado. El diaconado lo recibe el 20 de marzo de 1886. Y es ordenado sacerdote el 19 de junio. Tres días antes había ganado por oposición una canongía en la Abadía del Sacro Monte. La madre, doña Sebastiana, veía colmados sus anhelos y guardaba todas esas cosas en su corazón. Su hijo, a los cuarenta años, era sacerdote.

FUNDADOR DEL AVE MARÍA



FUNDADOR DEL AVE MARIA

“El pueblo que por aquí habita yace en la suma ignorancia, vive en la extrema pobreza y está sumido en una degradación moral y social tan grande, que sólo puede levantarse merced a una labor y auxilio constantes, bien pensados y dirigidos, los cuales, alumbrando la inteligencia y educando la voluntad, mejoren los sentimientos y. condiciones de la vida y produzcan en los educandos hábitos o costumbres humanas y cristianas. Las dificultades han de ser grandes, porque si la regeneración y salvación de un hombre es difícil, la de un pueblo como el nuestro lo ha de ser doblemente; pero nuestra obra no es nada si no regenera y salva.
Estas dificultades pueden reducirse a seis principales, que están a la vista de todos(...)
Dios ha hecho sanables todas las enfermeda­des del alma, y, sanando las almas, se sanan los hombres, los pueblos y las razas. Puesta nuestra vista en el que es Salvador del mundo, proyec­tamos o ensayamos los remedios siguientes:

·     Contra la suma ignorancia, la instrucción hasta donde se pueda.
·     Contra la extrema pobreza el socorro has­ta donde se pueda.
·     Contra la desmoralización de la familia, la recta constitución y ordenación de ésta.
·         Contra el escándalo público, la influen­cia de una moral severa y del buen ejemplo.
·     Contra el fermento de la raza gitana, hasta ahora contumaz a toda civilización, una labor especial para mejorarla, y algo que tienda a remover todo fermento que no sirva sino para inficionar toda la masa.
·     Contra males inveterados y profundos, remedios seculares y radicales.
Se trata, pues, entre otros problemas, de re­solver éste: ver lo que consigue una buena edu­cación continuada para mejorar razas y pueblos degenerados, y para perfeccionar a los que no lo están tanto”.

LA MAESTRA MIGAS

El acontecimiento capital en la vida de don Andrés Manjón es la fundación de las Escuelas y Seminario de Maestros del Ave María.

“Allá por el año 88 del siglo que pasó, revolvía yo en mi mente, la idea de fundar una escuela para los niños pobres del Camino del Sacro Monte de Granada y sus contornos, y me ocu­rrió lo siguiente:
Canónigo en la Colegiata Magistral del Sacro Monte y catedrático dé Derecho en la Universi­dad de Granada, iba a diario de uno a otro punto montado en una pollina, único automó­vil por entonces usado.
Cuando he aquí que, a poca distancia del ca­mino que llevaba, oigo canturrear a un grupo de niñas, semejando en el sonsonete a una es­cuela de las usuales. Me apeo de la burra, as­ciendo por la vereda y hallo en la boca de una cueva a un grupo de niñas y párvulos, que no excederían de diez, alguno de los cuales tenía la tez y el vestido de gitano.
Presidía esta especie de escuela de cueveros o trogloditas una mujer pequeña de estatura y no bien
       nutrida ni trajeada, quien había plantado entre aquellos verdes nopales y ahumadas cuevas un centro de educación para su ayuda y sostenimiento, cobrando por la enseñanza lo que podía, ya a dos, ya a cinco céntimos por día y por niño”

Esta mujer resultó ser una infeliz exhospicia­na, con tres hijos, a quienes no sabía cómo mantener, y soñaba (nada hay más soñador que el hambre) obtener de aquellos pobrísimos dis­cípulos lo necesario para la vida. A esta improvisada maestra llamaban los gitanos y castella­nos, la maestra Migas. Maestra Migas y tam­bién de amigas llaman por aquí a la mujer que, piadosa y bienhechora, recoge en su portal a los niños más pequeños de los vecinos, cuidando de ellos y enseñándoles a rezar, y a veces a leer, por la modesta retribución de cinco céntimos.

Y a una tal maestra debieron las Escuelas del Ave María su nacimiento. Pues el fundador de ellas se dijo:
 Si esta pobre mujer consigue tener alumnos en esta mísera cueva, sin local, mate­rial ni personal competente, y aun exigiendo di­nero; mejorándolo todo y ofreciéndolo de balde habrá cuantos niños se quiera.
Pero vamos despacio que la carrera es larga; respetemos lo existente, ya que el Maestro de los maestros, que es Jesucristo, viene a decirnos que no apaguemos el fuego de la pajita que aún hu­mea o arde.
¿Quiere (le dije a la maestra) trasladarse con esas migajillas de criaturas que le rodean a otra cuevecita con casa, que hay en el Camino del Sacro Monte, y yo pagaré las 4,50 pesetas men­suales que cuesta? -Sí, -me dijo agradecida-iremos donde usted quiera.
En este nuevo local (un portal con cueva y al­gunas tejas), se duplicaron los alumnos; y ya que éstos podían andar, propuse que subieran a oír misa los domingos y demás días de fiesta a la Colegiata del Sacro Monte, donde se le explica­ba el Evangelio y la doctrina cristiana.

Pero aquella mujer pobre, ignorante y neu­rasténica, por no decir loca, me enseñó mucho más que los ilustrados amigos y cuerdos conseje­ros, que me decían era locura el fundar para tales gentes en el Camino del Sacro Monte; pues de aquel hecho inferí yo la posibilidad de repe­tirlo, mejorarlo y ampliarlo, como ha sucedido.
Cuando los niños no cupieron en la prime­ra cueva, la Providencia les proporcionó un portal y cueva con honores de casa; cuando esto les vino chico, se les compró y arregló un car­men escuela (carmen llaman, en Granada a una casa de campo con jardín y huerta, destinada principalmente a recreo); y cuando en este pri­mer carmen no cupieron, y hubo necesidad de aumentar clases, separar sexos y graduar y am­pliar la enseñanza para 100, 200, 300, 400, 500 y 600 alumnos, Dios, que no es corto en dar, proporcionó uno tras otro, hasta ocho cármenes colindantes, todos hermosos, todos con agua, jardín y sombra, formando, sin pensarlo, la pri­mera colonia escolar permanente del mundo.
                 Hablo de un gran campo donde, en forma es­table y permanente, los niños viven, juegan, son instruidos y educados en plena naturaleza, al aire libre. A esto llamo yo colonia escolar per­manente...”

La cita es larga, pero valía la pena. A propósito de la vieja maestra, don Andrés anota en otro lugar: “La lla­maban Migas por las migajas de criaturas a quienes ins­truía, y las migajas que por su labor de ellas recogía, a céntimo, o dos, o cinco”

Una última y curiosa observación. Que nosotros sepa­mos, don Andrés utilizó como medio de transporte, para su trabajo y correrías apostólicas, tres asnillas: “La Golondrina”, paciente y sufrida: “La Paloma”, borrica arisca y montaraz, que lo derribó en varias ocasiones; y “La Morena”, la más popular. “La Morena” murió, de puro vieja, en 1935, doce años después de su amo. Los niños la lloraron y tuvo el honor de varios artículos ne­crológicos en la prensa nacional...
Don Andrés adquiere de su propio peculio, un car­men, debajo precisamente de la cueva donde descubrie­ra a la maestra Migas. Al frente de ella puso una maes­tra titular. El primero de octubre de 1889 abre la prime­ra escuela de niñas. Son exactamente, 14 chiquillas el primer día; 45 al cuarto; al mes, 70; a los tres meses, 120 y al año más de 200. El marido de la maestra se encargó de los párvulos.
Y esta fue, para la historia, la primera escuela del Ave-María.
Adquiere otro carmen, y luego otro y otro... y de este modo fue sembrando la ciudad de Granada de colonias escolares donde aún hoy se continúa su labor pedagógica.





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Rubric: Golf Skills Test